La cercanía a la celebración del Bicentenario ha invitado a muchos a mirar atrás y hacer una especie de balance de nuestra historia patria. En general la invitación ha sido a reivindicar a nuestros “héroes” o a aquellos que “algo habrán hecho por la historia de Chile”, la mayoría de los cuales proviene de las esferas política, militar o económica. Pero ¿qué pasa con los otros héroes de nuestra historia que han librado una lucha distinta, aquella por hacer de nuestra patria un lugar más acogedor y fraterno?
Por fortuna la lista de ellos es larga. Sólo por dar algunos ejemplos se pueden nombrar: el padre Alberto Hurtado y su volcarse por completo a vivir la solidaridad a favor de los más desamparados; Clotario Blest y su lucha por los derechos de los trabajadores; Elena Caffarena y sus esfuerzos por la igualdad entre hombres y mujeres; el Cardenal Raúl Silva Henríquez y sus decenas de obras a favor de los campesinos y del “alma de Chile”, entre muchos otros.
Ellas son personalidades que, por su convicción y fuerza, han incidido decisivamente en la historia de Chile. Entre sus rasgos en común están su visión, compromiso y energía para acometer cada una de sus empresas. En general debieron sortear muchos obstáculos pues, la mayoría de las veces, su actuar se adelantó al de su época enfrentándose a rígidos prejuicios y conservadurismos.
Pero no han sido sólo ellos los constructores de “lo mejor de lo nuestro”. También lo han sido miles, acaso millones de chilenos que, con discretos y cotidianos actos generosidad, han forjado una patria cariñosa y solidaria. Cada vez que un compatriota actuó con justicia y “sentido social” inscribió su nombre en la “historia nacional de la solidaridad”. Esta silenciosa historia se compone de gestos amor: cuidar a familiares enfermos o vulnerables, organizarse para ayudar a los que sufren, retribuir con justicia un trabajo, luchar limpiamente por causas humanas, rescatar a los accidentados, entre otros. Los ejemplos más cercanos están a la vista: los voluntarios del terremoto de febrero pasado o los operarios del rescate a los mineros de la mina San José…
Puede que los libros de historia no hayan recogido los nombres ni los gestos de estas personas, pero nada impidió que ellas quedaran en la memoria del corazón de quienes los recibieron o presenciaron. Esta cadena de gestos y reciprocidades -que muchos llaman solidaridad- ha sido un elemento capital de nuestra historia, “la íntima”, y tiene todo que ver con lo que conmemoraremos el próximo 18 de septiembre. ¿Estaría completo el cuadro de la chilenidad del Bicentenario sin incluir los incalculables gestos de comunión y cooperación entre los chilenos?
De ahí que debiéramos hacer el esfuerzo de reconstituir y valorar nuestra historia nacional de la solidaridad -la de las grandes figuras y la íntima- y, al mismo tiempo, tomar conciencia que cada uno de nosotros, con nuestros actos diarios, estamos también haciendo historia, la que se transformará en herencia para nuestras futuras generaciones. Todos -potenciales héroes de esta historia- tenemos un importante papel que cumplir. De nosotros depende.


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